jueves, 8 de octubre de 2009

Las memorias del chimpancé

En mi clase de primaria tenía una compañera que, yo no lo sinteticé entonces, pero disfrutaba haciendo daño a los demás, diciéndoles verdades que los herían. Se llamaba Roxana. A mí, por ejemplo, me dijo que mi mejor amiga había dicho que yo caminaba como un chimpancé. Es verdad que yo tenía el pecho muy desarrollado para mi edad, que eso me avergonzaba y que caminaba arqueando un poco la espalda para esconderlo, muchas veces me lo habían hecho notar. Mi mejor amiga tenía una lengua viperina, aunque no me lo hubiera dicho en la cara, que yo caminaba como un chimpancé, no dudaba que fuera verdad que se lo hubiera dicho a la tal Roxana. Yo jamás le dije a esta amiga que yo sabía que había dicho eso de mí, pero nuestra amistad a partir de entonces se resintió, y mucho.

Mi librero también tuvo problemas con la tal Roxana. Tenía unas orejas un poco de soplillo, y no se aceptaba a sí misma, cosa en la que la ayudó mucho gente como la tal Roxana, con sus burlas constantes. Todavía de mayor y con el defecto corregido mi librero teme encontrársela por la calle por lo que le pueda decir. Le dije que si se la encuentra ahora es de esperar que la tal Roxana se comporte como una adulta, pero lo dije más para consolarla que porqué yo piense que la tal Roxana haya podido madurar. Yo no tengo ninguna imagen de ella de mayor.

La última noticia que tuve de la tal Roxana es que no puede salir de casa porqué cree que la gente la critica... no vino a la cena de antiguos alumnos de octavo por ello... (Dejadme hacer un aparte: Roxana, si lees esto, espero que te pudras, en tu casa...) Dicho esto, no puedo dejar de llegar a la conclusión que una persona que tiene necesidad de herir a los demás burlándose de los defectos que les provocan inseguridad (sabía donde debía golpear, la mal nacida) no sólo denota una habilidad muy refinada para conocer a los demás, también denota un problema mental grave, y seguramente esta persona no ha sido querida todo lo que debía de haberlo sido. (Aunque en el momento en que la tal Roxana me dijo que yo parecía un chimpancé en la última cosa en la que pensé es en que ella hubiera podido haber sido tratada con malas palabras.) Quien agrede, aunque sea verbalmente, seguramente es porque ha sido agredido, y aunque todos somos capaces de darnos cuenta de ello y de hacer el esfuerzo de decir “ a mí me han tratado mal, pero yo no trataré mal a los demás”, supongo que a veces ya se han generado en nuestro interior unos automatismos que no podemos evitar. No sé si la tal Roxana era consciente que iba por el mundo haciendo tanto daño. En todo caso, el mal que nos hizo a nosotras ahora se lo está haciendo a sí misma, su cabeza continua martilleando, ahora con ella misma como víctima. Y no es una persona lo suficientemente inteligente como para sacar partido de una reclusión. Estará sufriendo. Y no es que me alegre, pero pienso que no sería demasiado justo si no fuera así.

También pienso que eso, de hacer daño verbalmente a alguien, yo también lo he hecho sin darme cuenta. Yo tenía una amiga por correspondencia, ya lo sabéis, Lara, y nos escribíamos cada día. Pero, a partir de un cierto momento, las cartas empezaros a no tener sustancia y a espaciarse. Soltando mi mala leche, escribí unas respuestas quizá no demasiado halagüeñas. Yo no entendía qué había cambiado en nuestra relación, y me parecía que no era justo que ya no me escribiera como antes. Sé que no fue justo que enviara aquellas cartas, que le hicieron daño, y me sabe mal. El problema fue el tipo de relación que teníamos, que yo creía que era una cosa y en realidad era otra, y que si me escribía tan a menudo no era por la simple amistad que yo creía. Lo debí haber entendido mucho antes. Y es caso es que, aunque yo estaba segura de que yo no quería una relación más allá de la amistad, me hizo dudar, porqué el síndrome de abstinencia que puedes tener con alguien que te escribe cada día y que deja de hacerlo puede parecerse mucho a estar enamorado. Me da miedo analizarme a mí misma para saber si yo estaba enamorada o no lo estaba, o si lo estaba y no quería verlo, pero a pesar de ello, como lo que sí que tenía claro es que no quería una relación romántica, las cartas fueron dejando de llegar y de aquí mi respuesta quizá un pelín exagerada, de la que me arrepiento muy mucho. Mi cabeza, como el de la tal Rosana, también me lo ha hecho pagar a su manera. Y aunque no creo que la situación sea la misma, reconozco que según como tengo cierta tendencia a repartir chascos y asperezas. Aunque debe reconocerse que yo soy mucho más refinada que la tal Roxana, como dijo alguien: “verdades de guante blanco”. Sí, pero, es algo de lo que no estoy orgullosa, precisamente.

2 comentarios:

ANABEL dijo...

Todos hemos tenido una Roxana (o Roxano) en nuestra vida, personas que se encargaron de hacernos sentir mal en nuestra infancia. Ahora que el castigo que se autoinflinge (¿se dirá así?) me parece ejemplarizante.
Tal vez tu amiga Lara te lea y desee retomar vuestra amistad, ¿quien sabe? en cualquier caso, es posible que tú debieras tomar la iniciativa. Pero como no sé como anda realmente esa relación prefiero no inmiscuirme demasiado.
Besos

Ferragus dijo...

Qué lástima que exista esa conducta en los niños. Y la verdad que poco o nada se puede hacer con ese tipo de situaciones; salvo, desarrollar el temple necesario para poder sobrellevarla. Un beso.